viernes, 23 de diciembre de 2011

INSTRUCCIONES PARA MATAR AL PRESIDENTE


Se empieza por un asesinato, se sigue por el robo y se acaba bebiendo excesivamente y faltando a la buena educación
Thomas de Quincey

Para matar a un presidente, primero hay que liberarse de ciertas capas –aparentemente inactivas– de nuestra remota –y por ello, especialmente influyente– educación cristiana. También hay que disponer de un cierto desapego hacia la opinión ajena: se dicen cosas terribles de alguien que propende a la violencia (si no es policía, o jugador de rugby). Cuando no son los modales es la apología del autocontrol, cuando no es el feng-shui es el pacifismo. Ser violento no es ético, ni estético, a menos que se tengan los medios y el dinero para convencer a los demás de lo contrario: en ese punto, la mayoría de la gente se amolda en el acto: “así es como está montado”, “sí, qué se le va a hacer”.
     Matar a un presidente es sólo una solución transitoria; pronto será sustituido por otro que, con toda probabilidad, será igual de idiota, como mínimo. Además, sabemos que sólo es una marioneta más. Pero alivia. Si vemos aparecer verrugas en nuestra piel que se giran con descaro y nos sostienen la mirada y en sus rasgos y en sus gestos reconocemos los del presidente (el mente y la cuerpo son la misma cosa: de ahí los trastornos psicosomáticos), ha llegado el momento de actuar.
     Para que no sospeche, lo mejor es mostrar admiración: como no suelen tener buen porte ni destacar demasiado en nada (en caso contrario, trabajarían para sí mismos, no para otro), elogiaremos las obras, las mejoras que se han producido durante su mandato, “oh, cómo ha cambiado todo, póngame a los pies de su señora (siempre que no esté en el jacuzzi, por supuesto, ejem). Adiós, señor presidente, nos veremos en la próxima reunión, ya sabe dónde encontrarme si necesita algo”.
     Matar a un presidente no es más complicado que montar un mueble del Ikea, o buscar aparcamiento en hora punta. Requiere -eso es innegable- de ciertas cualidades: planificación y paciencia. Pero no son aspectos que escapen a las potencialidades básicas del individuo medio, o que, llegado el caso, no pueda llegar a adquirir, con el debido entrenamiento.
     Y aquí nos detendremos, cada uno debe descubrir su propia forma de acabar con el presidente; sería imperdonable que nos interpusiéramos entre el individuo y su inherente creatividad.
     Como excepción a lo dicho –y aún a riesgo de resultar incongruentes, pero acéptese sólo como ejemplo que ilustra la lección– citaremos una de las más bellas ejecuciones, ejemplar tanto en la belleza como en la inteligencia y la originalidad con la que fue llevada a cabo.
     Así el caso de A.J.P., que asesinó al presidente de su escalera escondiendo el hueco del ascensor bajo el felpudo de su puerta.
     “Welcome”, decía la superficie rugosa del felpudo (el presidente planeó unos instantes sobre su manta mágica, como un faquir).




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3 comentarios:

Gracias. Ya le llamaremos.