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miércoles, 27 de mayo de 2020

El discurso de la derecha, o la violación grupal del lenguaje



La forma en que la derecha, hormonada con los recientemente incorporados anabolizantes del "populismo de derechas", utiliza algunos términos va más allá de la fagocitación del argot de la izquierda, la falacidad de la neolengua o la deshonestidad de la posverdad con que hasta ahora nos tenía acostumbrados.

Caceroladas contra el hambre de los pobres, manifestaciones en descapotable por la "libertad".... La libertad, naturalmente, de acabar con la libertad.

Por no entrar en el alegre relativismo de los medios, la equiparada "extrema izquierda", o la banalización de términos como "nazi", "dictadura" o, cómo no, "terrorismo": hay una vuelta de tuerca en su uso, como vemos, en esa foto movida que sitúa las etiquetas bajo el objeto equivocado, obedeciendo a una lógica de apropiación, pero también de "escarnio".

En efecto, me parece que en muchas de esas actitudes hay una voluntad de escarnio, a la vez que de doblegar la voluntad del lenguaje, ya que no es posible edulcorar el curso de los hechos (criminales, e incluso genocidas), y que tampoco se desea, puesto que se vive a costa de unos privilegios directamente derivados de ellos (y que, ahora se podrían ver en peligro, en algún grado).

En definitiva, lo que se perpetra es una violación grupal contra la palabra, contra el lenguaje, en un acto cargado de simbolismo, donde la aristocracia del cohecho y la corrupción apela al violento acto fundacional, la dictadura de Franco, y se ríe de las posteriores hipóstasis "democráticas", cubriendo de heces cualquier sentido y, remitiendo, con cinismo, al único que le importa, esto es, el de la perpetuación de sus privilegios.

@joseicaria

lunes, 11 de agosto de 2014

El testigo y el camino



Se extingue, al fin, la generación del baby boom, la generación de nuestros padres. No hubo demasiadas abdicaciones: fueron tardías o no se produjeron. Pero ahora, el testigo yace en el suelo, y no hay más remedio que empuñarlo. Continuar la trayectoria puede parecer tentador; pero, resulta innegable, la fiesta ha terminado y el panorama se muestra desolador. ¿Estamos preparados? No nos enseñaron a ser responsables. El camino de la virtud, reiteradamente invocado por los clásicos, se encuentra ahora cubierto de maleza y hojarasca. Y sin embargo, el tiempo apremia: la desertización avanza, como también el hambre y la guerra, la pobreza y la desigualdad, el analfabetismo y la desinformación, el fraude y la corrupción, la enfermedad, la falta de protección, el miedo, el auge imparable de los psicópatas.
    Empuñemos el testigo. Recuperemos la virtus. Seamos personas. 
    El paradigma de mercado no se corresponde con la vida. Es sólo otra metafísica y, como cualquiera de ellas, no se ajusta a la verdad y resulta un exceso intolerable y dañino.
    Abandonémoslo sin más y apostemos por la vida; por el respeto a la naturaleza y a las personas. Seamos responsables: usemos los recursos para paliar las necesidades, de forma sostenible, y no para incrementar avariciosamente los beneficios, las desigualdades.
    Dejemos de ser tan complacientes. La vida de las personas y de los ecosistemas depende de todas y cada una de nosotras.
    Si asumimos la responsabilidad, podremos exigir, también, el poder. Poder para ser libres: especialmente del ego y las cosas materiales, de todo aquello que nos esclavizó durante siglos.
    Podríamos resurgir de las cenizas o, lamentablemente, ser sólo esas cenizas.
    Hay infinidad de caminos, he señalado tan sólo el más fácil y otro más complicado. Pero, como dijo Machado, el camino “se hace al andar”.

José Icaria